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Fritailla de ida y vuelta

23 feb

Foto: Manuel González 'Manugón'



‘Go and return fritailla’. Homenaje a los cantes flamencos de ida y vuelta. Cantes nacidos de la fusión entre el flamenco llevado al nuevo mundo y los ritmos étnicos, afroamericanos, instalados allí, particularmente en el Caribe. Huyendo de la hambruna, la gente emigró a las américas. Iban a ‘hacer las américas’. No todos lo consiguieron. Sin embargo, se produjo un enamoramiento, una relación tan cálida y apasionada entre estas músicas, que dio a luz un nuevo y refrescante subgénero flamenco.

Bien pudiera ser que esta sugerencia imaginativa, resultara, en cierto modo, un revulsivo para mentes estructuradas, convencionales y fieles seguidoras de la tradición. También de la gastronómica. Pero de eso se trata. La comida, combustible indispensable para que la maquinaria del cuerpo se ponga en movimiento, es un arma de destrucción masiva. O una medicina milagrosa de fórmula magistral. Depende del ángulo que nos permita observar esta realidad. Así, nos mirará con una u otra de sus múltiples caras.

Nosotros, humanos civilizados, peluqueros ‘fashions’ de la superestructura en nuestro “mundo feliz”, mantenemos una relación sado-maso con la alimentación. Relación impensable desde otros segmentos planetarios.

Nosotros, humanos del primer mundo, acomodados, nutridos, sobrados y evolucionados, nos ahogamos en depresiones, ansiedades, trastornos alimenticios, dietas ridículas. Inventamos y reinventamos la forma de ingerir el alimento. Lo vestimos, lo desvestimos, lo maltratamos, lo mimamos, lo crionizamos, lo erotizamos y, por último, en un lujurioso acto sensual, lo fagocitamos. Como fagocita el admirador a su ídolo: con urgente gula sensual.

Esta fritailla podría ser una variante del pisto.

ELABORACIÓN

Picamos la cebolla, el pimiento y el calabacín. En una sartén hermosa, sobre fuego fuerte, echamos aceite de oliva hasta cubrir el fondo. Nada más empezar a humear, bajamos el fuego y colocamos a la vez estos ingredientes junto con la guindilla. Damos vueltas de vez en cuando, hasta que observemos que la cebolla empieza misteriosamente a transformarse en invisible (nuestras madres dicen “ponerse transparente” o “pochada”). Ese es el momento de echar el tomate y el trozo de canela en rama.

Subimos el fuego hasta que la fritailla rompa a hervir. Ponemos al mínimo y tapamos, para evitar que nuestra reluciente cocina de diseño se convierta en el escenario de una película gore. Removemos de vez en cuando.

La fritailla está lista cuando apreciamos que la salsa ha reducido. Antes de apagar la lumbre, saboreamos para comprobar su textura. Si estuviera ácida, cosa normal gracias al tomate, corregimos con una pizca de azúcar (pizca es lo que nos cabe entre tres dedos).

Hacemos lo propio con la sal. Movemos y apartamos del fuego. Servimos en un cuenco y adornamos con coco natural partido en cuadraditos, por encima de la fritailla. Algo parecido a lo que hacen nuestras madres con el pisto y el huevo duro troceado. La textura de los sabores (ácido, dulce, salado, picante), sin duda, no os dejará impávidos.

Que ustedes lo paladeen bien.

INGREDIENTES

- 1 par de tomates hermosos maduros y rojos triturados. También valen 125grs. de tomate natural triturado (de bote).

- 1 cebolla picada en tiras.

- 1 pimiento entreverado partido en tiras.

- 1 calabacín pequeño (es mucho más sabroso que uno grande; el tamaño sí importa) partido en dados pequeños.

- 1 coco natural.

- aceite de oliva.

- 1 guindilla.

- pizca de azúcar (para quitar acidez al tomate, especialmente si es natural).

- pizca de sal yodada.

- medio palo de canela en rama.



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